El calor veraniego no nos para. Seguimos publicando los textos de los alumnos del taller de escritura. En este caso un relato acerca de la mirada limpia de los niños.

Texto: Lola Sánchez García.

Profesora del grupo: Montse Morata.

Ilustración: Pablo Miláns.

 

 

Con sus ojos

 

Iba de mi mano, muy erguido, caminando con pasos saltarines, con los ojos muy abiertos, buscando con la mirada todo lo que se movía. Siempre a mi lado, atento a lo que le rodeaba, escuchando y comentando lo que veía y reconociendo, emocionado y curioso, la vida a su alrededor.

-Mira ese árbol- decía ante un sauce llorón – tiene el pelo muy largo.

-El tejado de esa iglesia está torcido porque la cruz le debe de pesar mucho -, aseguraba.

Las farolas eran gigantes vigilando la noche y las alcantarillas escondían tesoros.

Las nubes le parecían señoras mofletudas soplando para limpiar la tierra… Y así inventaba historias y fantaseaba mientras caminábamos por la ciudad.

Pasamos junto a un parque y en el suelo, al lado de un arbusto, yacía un hombre hecho un ovillo, sucio, cubierto de polvo, medio tumbado sobre unos periódicos amarillentos y una manta llena de mugre. Estaba mutilado de una pierna con un muñón morado, lleno de llagas purulentas, cubierto con trapos inmundos, y el otro pie asomando polvoriento y calloso.

Con el pelo putrefacto, su ropa desgarrada y vieja con olor a deshecho, tenía la cara marrón, con mocos y legañas pegadas de hace mucho tiempo. Una mosca le recorría la boca, los ojos y las fosas nasales, manchadas de sangre seca. Me imaginaba gusanos saliendo de su boca agrietada y desdentada, con un olor nauseabundo. Reía como borracho y miraba desafiante, como el que sabe que su vida no le importa a nadie. Mientras sostenía un cartón con letras ilegibles, le veía su brazo descubierto lleno de venas con costras y pústulas rojas, y estiraba sus manos esqueléticas hacia mí, suplicando una limosna, o quizá compañía y comprensión. Apestaba a carroña. A su lado un perro sarnoso y flaco olfateaba temeroso ese cuerpo putrefacto, desagradable y pestilente, que resultaba demasiado repulsivo. Era el más mugriento de los mendigos que recordaba haber visto nunca. Quise apartar la mirada y tirar del pequeño para protegerle de semejante realidad de la vida. Pero, sin más tiempo para reaccionar y con la naturalidad propia de su edad, él solo me preguntó, preocupado:

– ¿Tú crees que su mamá le regañará mucho cuando le vea llegar del parque tan sucio y con los pantalones rotos por haberse tirado al suelo?

 

Lola Sánchez García

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lola Sánchez García nació en Düsseldorf (Alemania), aunque lleva viviendo en España desde los 10 años. Estudió Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid y es especialista en Radiodiagnóstico. Actualmente trabaja como radióloga en un hospital de la Sanidad Pública de Madrid.

Le encanta leer y llegó a la escritura de la mano de su amiga Alicia, que la introdujo en el Taller de Escritura Creativa de Único de Montse Morata, donde aprende y disfruta cada jueves del reto de escribir.