Hoy tenemos el texto de uno de nuestros alumnos más polifacéticos y veteranos en Unico, con un emotivo obituario.

Texto: Daniel de la Calva.

Profesor del grupo: Javier Morales.

Ilustración: Daniel de la Calva.

 

Cabrón, puto y pillo

 

No estuve presente, pero según me cuentan el entierro de mi abuelo fue un evento digno de “La Colmena” de Camilo José Cela. El ataúd no se fue cuesta abajo como un improvisado trineo, pero vino gente de todo tipo y condición social, como si eso fuera el circo. Fue tal la multitud que el cura encargado de preparar las exequias preguntó a mi madre si había muerto un actor famoso o una figura política.

Es imposible olvidar el día que nos dejó, porque sucedió en la fecha de mi octavo cumpleaños. Mi madre me lo contó entre sollozos al finalizar la fiesta que habíamos montado en casa. Partió al día siguiente a Colombia para el velatorio y organizar el entierro con sus hermanas. Desde entonces, mi abuelo ha sido una figura omnipresente en mi imaginación.

La primera y única vez que lo vi yo era un bebé. Lo imagino como un señor bajito, rechoncho, de pelo blanco a juego con una camisa desarbolada, a veces con gafas, otras sin ellas, y una perenne sonrisa que desmentía la rudeza de su rostro encanecido y quemado por el sol. No recuerdo su voz ni su forma de hablar. En mis años adolescentes soñé con él una vez y cómo intentaba contarme algo, pero si era importante lo he olvidado. Debido a esto, y a que escasean fotografías suyas, he creado un abuelo a medida de los rumores e historias que mi madre en ocasiones ha tenido a bien relatarme cuando le he preguntado.

Tenía fama de bebedor y fiestero. Era habitual que al terminar la comida se sentase en su porche con una botella de aguardiente, y se la iba bebiendo a golpe de chupito hasta acabarla a lo largo del día. Era además un mujeriego insaciable, hasta el punto de que no es que de vez en cuando entrara a un burdel, sino que solo de vez en cuando salía de él, llegando a tales extremos que tenía un acuerdo tácito con mi abuela para no matarse entre ellos. Rara vez tenía un trabajo fijo mucho tiempo. Y su capacidad para contar chistes verdes lo hacía el alma de todas las fiestas a las que se apuntaba. En fin, que era una parodia viviente de las viejas canciones verdes populares: cabrón, puto y pillo. Y aún así era difícil no quererle. Era un desastre con patas pero de una intensa humanidad. Tenía ese carisma especial que solo alguna gente posee, y su sed por la vida compensaba sus defectos.

 

Sus anécdotas fueron innumerables. En una ocasión durante una fiesta en una finca, alguien se puso fiero por un asunto de mujeres y sacó pistola. Mi abuelo a golpe de chistes y alcohol tuvo al señor bailando y bebiendo durante horas como si nada hubiera pasado. Una noche no regresó a casa. Mi abuela salió a buscarlo, preocupada, pensando que se habría matado, pero le encontró en un bar de la zona donde se había congregado clientela, policía y viandantes de la calle, ya que mi abuelo estaba en racha en un juego de cartas y convenció al propietario del local para que mantuviese tener abierto toda la noche. Mi abuela probablemente lo habría matado ahí mismo si no hubiera tanto testigo. A veces recogía lo que sembraba, como una vez que mi madre le gastó una broma ocultándole un murciélago disecado en el cajón de su estudio. Por suerte no acabó mal la cosa, pero fue tal la impresión que se cayó para atrás con silla y todo mientras sólo alcanzaba a proferir un alarido in crescendo según se acercaba al duro suelo.

Mi madre y sus hermanas, aunque le reprochaban muchas cosas siempre le recuerdan con ternura, quizá porque aunque fuera su único y desastroso modelo masculino, puso suficiente empeño en educarlas entre sus timbas lo mejor que sabía. En todas ellas dejó una faceta de su ecléctica personalidad, su alegría, y su capacidad para no poder ver una botella que no le gustara. Sólo una heredó su capacidad para los chistes, y mi madre fue la única que heredó la sensatez y el orden de mi abuela.

Mi abuelo había tomado las riendas de su vida, adónde le llevara la montura ya era otra cuestión, pero siempre fiel a sí mismo. Una parte de mí siempre le admirará, por su capacidad para contar chistes, su carisma para con la gente y su irreverencia ante la vida. Tal vez no fue el modelo a seguir de persona que me han inculcado desde pequeño. Pero vivió tal y como había querido. Es más de lo que muchos pueden decir a lo largo de sus vidas y tiene mucho valor para mí. Así pues, le honraré siendo irreverente de vez en cuando. Adiós, abuelo.

Daniel de la Calva

 

«Nacido en Madrid en 1976, Daniel de la Calva cultivó desde pequeño un interés por las artes gráficas y los ordenadores. Esto le llevó a explorar diferentes campos como la publicidad, maquetación y diseño corporativo e incluso explorar brevemente el diseño 3D y de interfaz orientado a videojuegos. Durante una larga temporada trabajando en un departamento de comunicación para una entidad cultural, desarrolla el gusto por los relatos y la escritura, creando sus propias historias y viñetas, mientras compagina otros proyectos gráficos como freelance.»